Es posible que tengas la sensación de haberlo intentado todo, y, aun así, no consigas que tu hijo se sienta motivado a comer verduras, pescados, o legumbres.

 

Pero también es posible que, en realidad, no lo hayas intentado todo, sino que te hayas quedado en lo evidente.

 

Quizás te falta por analizar en profundidad que cosas se interpone entre tu hijo y la comida sana.

 

La respuesta no es simple y en el podcast de hoy nos vamos a centrar en una pieza del puzle.

 

Esa única pieza te va a proporcionar 2 armas muy poderosas para conseguir que tu peque se sienta más motivado a la comida sana.

Nacemos con ciertas motivaciones grabadas en nuestro ADN

Determinados impulsos.

 

Un bebé, nada más nacer, siente motivación por reptar al seno de su madre y succionar el pezón, lo que no deja de parecerme increíble la verdad (puedes ver un ejemplo aquí)

 

Más tarde, chuparse el dedo, tocarlo todo…

 

Tiene expectativas: calor, alimento, cuidados, caricias… y se siente motivado hacia ellas, por lo que las busca, a través del llanto, y más tarde, a través de la sonrisa.

 

En toda motivación hay causas primarias, es decir, un primer nivel de la motivación, genéticamente desarrollado para cubrir nuestras necesidades primarias: alimento, calor, integración social.

 

También hay causas secundarias o próximas, no tan prioritarias para nuestra supervivencia, y creadas a través de la experiencia y los aprendizajes de nuestros niños.

 

En el caso del bebé, por ejemplo, recibirá cada día ese alimento, ese calor y esos cuidados que espera del mundo.

 

Día tras día, empezará a memorizar el placer que esos estímulos le reportan y con el tiempo empezará a anticipar ese placer.

 

Cuando oiga las llaves de la puerta sabrá que mamá está aquí para darle calor o para darle el pecho o para abrazarle y se pondrá contento.

 

Se sentirá motivado a hacer gestos que llamen la atención de sus cuidadores.

Así que podríamos decir que la motivación es algo que nos aproxima a un deseo y se puede dar a través de 2 mecanismos:

APROXIMACIÓN: Nos acercamos a buscar algo que nos da placer y emociones positivas. (Por ejemplo, quiero que mamá me de teta y lloro)

 

RETIRADA: Nos escondemos o huimos de aquello que nos hace sentir mal (Por ejemplo, me da asco la comida y me quedo quieto en la mesa moviendo la cucharada de un lado a otro sin tocarla).

 

Es decir, que nuestras motivaciones se generan a través de las emociones, y son nuestras emociones las que van a marcar como actuaremos en consecuencia, si pasaremos a la acción o no.

¿POR QUÉ MI HIJO NO ESTÁ ENTONCES MOTIVADO A COMER?

En este planteamiento hay un error simple.

 

Estoy segura de que tu hijo está motivado a comer y come. Probablemente lo que a ti te preocupa es:

  • No está comiendo todo lo que tu consideras necesario
  •  No está comiendo alimentos recomendables: verduras, pescados, legumbres, frutas, huevos…
  •  

Sobre el punto 1 hablaré en otro post. En el punto 2 vamos a centrarnos hoy.

 

Efectivamente, comer debería ser una motivación primaria, de vital importancia.

 

Si tu hijo no come se muere (por eso estoy segura de que algo está comiendo, porque todas las familias que vienen a decirme que sus hijos no comen tienen retoños la mar de felices y activos).

 

Ahora imagina que en vez de vivir la vida que conoces, vives la vida que nuestra genética y nuestro cerebro aún piensa que estamos viviendo:

 

Vives en un entorno natural, no civilizado.

 

Sabemos perfectamente que el entorno en el que vivimos se ha desarrollado a un ritmo acelerado y que nuestra fisiología no ha conseguido (ni conseguirá) pillarlo nunca.

 

En un entorno así, no tendrías acceso continuamente a alimentos, y además, sólo tendrías acceso a alimentos frescos presentes en la naturaleza: tubérculos, frutas, verduras, carnes de caza, pescados, huevos…

 

En un entorno así, tu no tendrías ningún problema con la alimentación de tus hijos.

 

Ellos comerían cuando tuvieran hambre, y cuando hubiera disponibilidad alimentaria, claro.

 

En el entorno en el que vivimos, para empezar, nos está faltando la principal motivación para comer: TENER HAMBRE

 

TU HIJO NO TIENE HAMBRE.

Empezando por este punto, los niños no necesitan tanto alimento como nosotros tenemos en mente, y podrían sobrevivir con mucho menos de lo que consumen. Los adultos también.

 

Sabemos que desde 1961 hemos aumentado en unas 500 kcal la ingesta media.  Es decir, cada día se come más cantidad y sin lugar a dudas, nuestro gasto energético no es mayor (Por si es lo que estabas pensando).

 

Nuestros antepasados comían muchas menos calorías que nosotros. Para que te hagas una idea, unas 500 kcal bien podrían suponer un buen plato de garbanzos con verduras y patata.

 

Es bastante contraintuitivo pensar que nuestros peques van a pasar hambre o estar persiguiéndolos todo el día con el bocadillo en el parque mientras juegan con sus amigos.

 

El hambre emite una señal muy potente a nuestro cerebro. Una señal de disconfort importante. Así que si un niño tiene hambre, te aseguro que no necesita que nadie se lo recuerde.

 

Aquí es donde entra en juego el problema de los alimentos procesados. Si mi hijo no tiene hambre, ¿Por qué narices va a comerse unas acelgas si puede elegir comerse unas salchichas o una pizza o un precocinado cualquiera?

 

Seamos honestos, la pizza Tarradellas está más rica que las acelgas al vapor. (Bueno, para mí no, pero es que yo soy de otro planeta y llevo tanto tiempo sin comerme una pizza Tarradella que ya ni me acuerdo a que sabe).

 

Si nuestro hijo no tiene hambre (y no lo tiene) va a elegir siempre lo que sensorialmente le parezca más atractivo.

 

Se puede dar el lujo de elegir.

 

Y los alimentos procesados, no sólo es que sean perjudiciales para la salud per se, es que encima están diseñados y pensados para disparar nuestros mecanismos fisiológicos de placer.

 

La mezcla de ingredientes que tiene, los envoltorios, la disponibilidad, la omnipresencia, la publicidad, la facilidad para su consumo…

 

¿Eres consciente de cuánto dinero gasta la empresa alimentaria para fabricar este tipo de productos?

Bueno, al lío que me enrollo.

 

Por supuesto que hay muchas más cosas que influyen en la alimentación de tus hijos, pero hoy nos vamos a quedar con estas dos, que ya bastante lucha nos va a suponer:

 

  1. Un niño necesita tener hambre para sentirse motivado a comer más. Porque de hecho….El hambre sirve para eso exactamente!!!! Para señalizar un bajo nivel de energía e impulsarnos a buscar comida.
  2. Un niño que tiene a su disposición alimentos procesados, raramente se va a sentir motivado por otro tipo de comida. No sólo este tipo de productos está desplazando el consumo de alimentos frescos, sino que encima está alterando su paladar.

 

Paso 1: Eliminar basurilla de casa y aceptar que la vida es dura.

 

Paso 2: Después del paso 1. Imposible avanzar sin este paso previo, intentar que su alimentación sea lo más simple y limpia posible.

 

No se trata de cocinar de una forma super currada, sino de cocinar rico. Las cosas en su punto. No es lo mismo una coliflor hervida 15 o 20 minutos, blandurria y que huele extraño (reconozcámoslo, el olor de la coliflor no es el más apetitoso del mundo), que una coliflor cocida al vapor 5 minutos y con una deliciosa vinagreta encima.

 

Aún así, como digo, es posible que tu hijo se resista a comer verduras, y aquí es donde entra el motivador principal:

 

Tenemos que dejar que sienta hambre. No se trata de matar al niño de hambre, sino de ir reduciendo el consumo de alimentos superfluos y las tomas entre horas (tan innecesarias y de echo, poco recomendables).

 

Y hasta aquí por hoy. Estos dos consejos, a pesar de parecer sencillos, pueden ser realmente fundamentales y marcar un antes y un después en la alimentación de tu hogar.

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