A pesar del miedo de muchos padres a que sus hijos tengan sobrepeso, en la práctica nos encontramos con otro problema más grave y recurrente: Las aversiones alimentarias en niños.

 

Aversiones cada vez más generalizadas y cada vez mayores. Literalmente me encuentro a niños que se alimentan a base de salchichas, pechuga de pollo, pasta y con suerte alguna fruta. Todo lo demás no pueden ni verlo.

 

Los estudios nos muestran que sólo alrededor de un 7% de los niños están consumiendo una ingesta adecuada de frutas y verduras.

 

Esa ingesta sería teniendo en cuenta la pirámide alimentaria actual en la que la base son los cereales y que está completamente obsoleta, en España esta.

 

Por lo que ese porcentaje de niños sería menor del que pensamos si tenemos en cuenta lo que sería una ingesta adecuada de frutas y verduras.

 

Sabemos también que una mala alimentación en la infancia es predictora de sobrepeso y obesidad en la edad adulta y de determinadas enfermedades.

ETIQUETANDO A LAS PERSONAS, PARA VARIAR

Recientemente, el DSM5 ha reconocido el Trastorno por evitación como un trastorno de la conducta alimentaria que se mide a través de una serie de síntomas (anteriormente se denominaba Trastorno de la Alimentación en la infancia y la niñez temprana)

 

En cualquier caso, estamos hablando de una etiqueta más para englobar a niños (o adultos) con diferentes personalidades, genéticas y aprendizajes a lo largo de la vida, por lo que no me parece de interés y prefiero centrarme en analizar la situación e individualizar al máximo.

 

Aunque este tipo de aversiones nos parezcan “el pan nuestro de cada día” la realidad es que no son normales y no deberían normalizarse.

¿POR QUÉ SE DAN?

Es intuitivo que un ser humano no rechaza alimentos sin motivo.

 

La supervivencia es el objetivo último de nuestra conducta y no hay nada que asegure más nuestra supervivencia que comer.

 

Comer es intuitivo para el ser humano, y no solo eso, sino que es un placer en sí mismo. Nuestro cerebro, en situaciones normales, premia con placer cualquier ingesta alimentaria, y premia con displacer aquellas ingestas que pueden ser peligrosas para nuestra supervivencia.

 

El sabor amargo, por ejemplo, podría ser un mecanismo evolutivo hacia aquellos alimentos tóxicos o que podían estar en mal estado.

 

Por ejemplo, a muchas personas les ha sucedido alguna vez en su vida que han comido un pescado o carne en mal estado y han desarrollado asco hacia ese alimento o grupo de alimentos durante larguísimos periodos.

 

También sabemos que los niños se sienten más atraídos hacia sabores dulces y altos en grasas, azúcares y calorías.

¿POR QUÉ ESTAS PREFERENCIAS?

Estudios en personas que han perdido el sentido del gusto y el olfato nos muestran que cuando tenemos un déficit concreto (sodio, glucosa, nutrientes determinados, etc..) sentimos preferencia hacia aquellos alimentos que son más altos en estos nutrientes (a pesar de que no sacamos sabor a la comida).

 

Esto está relacionado con la capacidad de autorregulación energética de la que he hablado en muchas ocasiones y que en pocas palabras viene a decir:

Tu cuerpo es sabio y sabe lo que necesitas. Te lo dirá si aprendes a escucharlo y no alteras sus capacidades (cosa que habitualmente hacemos).

Esto, llevado a la infancia y aplicando la coherencia evolutiva podría tener sentido ya que los niños, sobre todo cuando son bebés o muy pequeñines, están en un periodo de crecimiento importante y necesitan asegurar la ingesta de nutrientes.

 

Hay que recordar siempre que nuestro cerebro no se ha enterado aún de que vivimos en un mundo con alta disponibilidad alimentaria y sigue pensando que vivimos en un medio hostil donde es posible que mañana nos falte el alimento, por lo que nos incita a reclutar grasa como reserva energética.

 

Cómo decía: es intuitivo que el ser humano no rechaza alimentos.

 

Está claro que si viviéramos en ese medio natural en el que se supone que deberíamos vivir, sin acceso constante a alimentos y productos (me niego a llamar a cosas que van en paquetes alimentos) ningún niño rechazaría la comida.

 

Está claro que niños que viven en países dónde se pasa hambre no rechazan la comida.

PERO NUESTROS HIJOS SÍ SE PUEDEN PERMITIR ESE LUJO

Tenemos niños que probablemente han perdido sus capacidades de autorregulación energética por diversos motivos.

 

Tenemos niños que desde el inicio de su alimentación han sido separados del sabor natural de los alimentos, por ejemplo:

 

  • Niños que han tomado lactancia artificial en vez de lactancia materna.
  • Niños que han empezado la alimentación complementaria con cereales.
  • Niños que han tomado todo en papillas con muchos ingredientes mezclados y súper trituradas y tamizadas.

 

Tenemos niños que están expuestos a productos procesados y comidas excesivamente trabajadas y preparadas que han perdido toda noción de lo que es un alimento real: Procesados, recetas “healthy”, pan, tortitas, bollería…

 

Además, permitimos que nuestros hijos sean selectivos con la comida en exceso, porque tienen tantas cosas a su disposición y tenemos tanto miedo a que no coman (un miedo que de ninguna manera deberíamos tener) que les ponemos alimento continuamente y les damos a elegir entre muchas opciones.

 

Claramente un niño no va a elegir la opción más sana, porque la opción menos sana tiene un sabor más atrayente y nos produce más placer.

 

Y, por último, tenemos niños criados en entornos burbuja alejados de toda incomodidad: No les dejamos atarse un zapato, no les permitimos que pasen un poco de frío, no les dejamos que hagan las cosas solos, no les dejamos que pasen un poco de hambre ni que se sientan incómodos en ningún momento del día.

 

Por algún motivo nos han hecho pensar que tenemos que ser súper papás y que toda incomodidad es mala, cuando la realidad es que hay evidencia de sobra de que necesitamos pequeñas dosis de hormesis (incomodidades) para reforzar nuestro sistema inmune.

 

Todos estos son problemas que se van sumando y haciendo una pelota cada vez más grande que acerca a muchos niños a aversiones alimentarias exageradas.

 

¿Por qué un niño que tiene todo lo que necesita y quiere a su alcance va a molestarse en consumir alimentos que no le proporcionan tanto placer?

3 PROBLEMAS FUNDAMENTALES

  • El paladar tiene aprendizaje. Cuanto más lo acostumbramos a determinados alimentos, más alta es su tolerancia. Si tu cada día acostumbras a comer productos con sabores súper potentes (sal, azúcar, zumos, papillitas, bollos, pan blanco) todo lo que se salga de ese umbral va a resultarte muy difícil de aceptar porque no va a cumplir tus expectativas de sabor.

 

  • Nuestro cerebro tiene aprendizaje (neuroplasticidad) a través de conexiones neuronales y refuerzos. Cada vez que repetimos una conducta se hace más fuerte y determinadas conductas refuerzan de forma positiva o negativa esas conexiones: El día que pruebo por primera vez una galleta se creará una conexión neuronal – El placer que me hace sentir esa galleta reforzará positivamente esa conexión – Cada día que vuelva a tomar esa galleta y vuelva a sentir placer reforzará esa conexión – Si un día me encuentro mal o estoy triste y no sé cómo afrontar mis emociones esa conexión se reforzará negativamente (comeré para tapar el malestar que siento) – La sonrisa de mi padre mientras me da la galleta reforzará positivamente esa conexión, etc…

 

  • Las aversiones del peque van a suponer conflictos alrededor de la mesa y de la comida: insistencia de sus padres o cuidadores para que coma más, juicios, falta de comprensión por parte de los padres del problema, broncas y peleas…Esto va a reforzar negativamente esas aversiones: Es posible que el niño cada vez tenga más fobia y aversión a la hora de la comida.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

Aunque después de leer todo lo expuesto te parezca que la opción es eliminar procesados y comida poco adecuada de casa (cosa que sí es recomendable hacer) y dejar al niño pasar hambre hasta que decida comerse todo, tengo que decir que no es tan sencillo.

 

A veces, puede parecer que nuestros hijos nos están tomando por el pito del sereno y que no comen verduras porque no les da la gana, pero llegados a un punto de no retorno, esto no es así.

 

Debemos tener en cuenta que nuestros hijos ya llevan un aprendizaje a sus espaldas, tal y como he explicado antes y que ellos no son totalmente conscientes de sus actos ni de las consecuencias de lo que hacen.

 

Una aversión no es un capricho, una aversión es un sentimiento de repugnancia muy fuerte y que provoca sensaciones fisiológicas realmente desagradables. Tu hijo puede sentir nauseas, temblores, aumento del tono simpático, nerviosismo, fobia, aceleración del ritmo cardiaco… Poca broma.

 

Por supuesto que hay que trabajar en ello, pero primero, hay que entender y utilizar una estrategia inteligente y respetuosa con nuestros hijos.

 

Esta estrategia, y dependiendo del punto en el que se encuentre cada niño, puede pasar por diferentes puntos:

 

  • Exposición paulatina y controlada a nuevos alimentos. Esto puede pasar por trabajar todos los sentidos, de uno en uno. Por ejemplo, primero la vista, el tacto, el olfato, el sabor…
  • Eliminación paulatina y controlada de alimentos que interfieran en el consumo de alimentos sanos, es decir, todos aquellos que alteren la percepción del sabor.
  • Valorar el número de comidas diarias que hacen nuestros niños.
  • Una opción interesante sería trabajar en la microbiota del niño y potenciar el eje intestino-cerebro.
  • Técnicas de relajación porque necesitamos que nuestro peque se siente en la mesa calmado y que cada vez vaya teniendo una mejor gestión emocional y una aptitud de apertura mental: Aquí es muy potente utilizar métodos concretos de respiración.
  • Adecuada gestión emocional mediante la práctica de mindfulness y atención plena para niños.
  • Necesitamos trabajar sobre determinadas áreas del cerebro muy implicadas en miedos, aversiones y respuestas de alarma, como serían la ínsula o la amígdala, por ejemplo: Algunas herramientas podrían ser, aparte de mindfulness y respiración, la utilización de música, ejercicios suaves, pintura…
  • Necesitamos cambiar el valor que le estamos dando en casa a las comidas: Más alimentación familiar con implicación de nuestros hijos en la cocina, en la compra, en el campo y menos comer de cualquier manera. Comidas en familia en la que potenciemos la comunicación y el disfrute.
  • Necesitamos tener unos conocimientos mínimos para entender a nuestros hijos y ayudarles a pasar este proceso. Tenemos que comprender para poder sentirnos víctimas del proceso y dejar pasar la ira para ceder espacio a la compasión bien dirigida (compasión no es dejar que nuestros niños hagan lo que quieran porque nos da pena, sino comprenderlos y acompañarlos en un momento difícil desde el respeto y el amor).
  • Romper todo lo que refuerce positiva o negativamente esas aversiones. Es decir, primero dedicar un tiempo real a comprender y luego un tiempo real a llevar a cabo acciones (todo es parte del trabajo).
  • Movimiento, diversión y juego. Los seres humanos estamos diseñados para movernos y los niños más. Se sabe que el ejercicio físico tiene un papel crucial en la generación de placer y bienestar, y el juego tiene un papel crucial en el aprendizaje de los niños.

CONCLUSIONES FINALES

El trabajo con las aversiones alimentarias debe ser un proceso individualizado a cada niño y a cada hogar, dependiendo de las circunstancias personales, recursos y punto de partida.

 

Todo esto debe hacerse con cariño y comprensión, teniendo en cuenta que las capacidades y el nivel de desarrollo de nuestros hijos no es igual al nuestro.

 

Y por último, no se trata sólo de trabajar en los niños y desde luego, no se trata de culpabilizarlos. Probablemente nosotros también tenemos mucho que aprender de este proceso (también sin culpabilizarnos) y abrir la mente hacia nuevas formas de entender la vida y la alimentación.

 

Hagámoslo en familia, como un equipo, trabajando en un proyecto común.

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