Esta mañana, un rato antes de ponerme a escribir este email, hablábamos en el grupo de Slow Food Baby de la alergia al huevo.

 

Había varias madres con dudas y otras contando su experiencia.

 

Y Laura, nos contaba que a su peque, que es alérgico al huevo, tardaron en diagnosticarle.

 

Empezaron ofreciéndole el huevo de la forma correcta, para detectar cualquier reacción, y lo que vieron es que el peque lo apartaba.

 

No se lo comía.

 

Cuando le ponían cualquier cosa con huevo, lo escupía o lo apartaba, y ellos se extrañaban en plan: «qué raro, con lo rico que está».

 

¡Y luego nos contó que a su hermano de pequeño le pasó exactamente lo mismo!

 

Esto para mí es absolutamente alucinante. Es increíble el poder y la capacidad que tenemos para saber cómo alimentarnos, qué necesita nuestro cuerpo y qué no.

 

Hay estudios en los que dan a personas que padecen ageusia (han perdido completamente el sentido del gusto) soluciones altas en sal o normales. Si estas personas tenían un déficit de sodio, eligen las altas en sal (¡y te recuerdo que no notan el sabor!).

 

El mismo tipo de experimentos se han realizado con alimentos ricos en azúcar.

 

En el estudio de Clara Davis que tanto me gusta, se les daba a elegir a los niños entre diferentes alimentos sin ningún tipo de intervención. Los niños que tenían déficits o pasaban por períodos de enfermedad, elegían aquellos alimentos que mejor les iban para cubrir sus déficits.

 

¡Es muy fuerte!

 

Una hipótesis fuerte respecto a las náuseas en las mujeres embarazadas, es que se debe a un mecanismo de defensa que hemos desarrollado a nivel evolutivo para protegernos de plantas u otros alimentos que pudieran contener toxinas (esto obviamente no se puede demostrar, pero mola).

 

El cuerpo humano es maravilloso y nosotros seguimos dudando de él continuamente. Pesando a los niños, midiendo la cantidad de comida que toman, contando calorías y comiendo según una dieta.

 

Claro, todo esto sucede cuando hemos respetado nuestro cuerpo y le hemos ofrecido lo que necesita. Porque entonces el cuerpo trabaja en perfecta sintonía.

 

Pero ahora imagina un niño que en el embarazo ha estado sometido a estímulos que han cambiado su expresión genética (comida basura, estrés, tabaco…), que quizás no ha nacido por el canal de parto que correspondía, que no ha tomado lactancia materna, que ha empezado la alimentación complementaria antes de lo que correspondía, que en vez de tomar alimentos naturales a los que estamos perfectamente acostumbrados a nivel evolutivo se ha puesto ciego a biberones con cereales solubles, potitos, y cosas de sabores, que ha sufrido un exceso de estímulos visuales (tv, dispositivos móviles, exceso de dibujos y colores por todas partes), que no tiene exposición solar, que no toca la tierra ni va a la naturaleza, que no juega todo lo que debería, que no es atendido cuando llora, que no se le permite tocar la comida…

 

Ninguna de estas cosas condena a nada por sí solas, pero en conjunto, de forma continuada, hace que nuestro cuerpo no trabaje como debería. Y dependiendo de la sensibilidad individual de cada persona, puede afectar más o menos.

 

Entonces, no hay que preocuparse de que nuestro hijo coma más o menos, porque eso no está en nuestras manos, porque comer más o comer menos es una conquista que no nos pertenece a nosotras, sólo le pertenece a él.

 

Nuestro trabajo es adecuar un espacio en el que se respete lo máximo posible las necesidades biológicas de nuestros niños. Unas necesidades que son sagradas y que nadie debería robarles.

 

Ah, se me olvidaba…Y confiar. Ese también es nuestro trabajo. ¿Cómo cuesta, no?

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