Aprendizaje y placer

Como el aprendizaje se lleva a cabo mediante códigos genéticos heredados a través de toda nuestra evolución, puede ser placentero e intenso si aprendemos a través de lo que la evolución nos ha enseñado: la naturaleza.

 

Pero puede ser tedioso e insignificante si aprendemos a través de estímulos que no reconocemos genéticamente: Todo lo que no sea natural.

 

 

 

También puede ser placentero si aprendemos de adentro, hacia afuera, tal y como estamos programados. La chispa del aprendizaje surge en el niño y él lo desarrollará.

 

Pero puede ser aburrido y tedioso si nos intentan inculcar todo aprendizaje de afuera hacia adentro: “Te sientas en la silla y tienes que aprender esto porque es lo que toca.”

 

 

 

Como hemos evolucionado en un entorno natural en el que era necesario moverse constantemente (si no te mueves no hay comida), el aprendizaje nos es placentero si le damos al cuerpo ese movimiento que tanto necesita.

 

Pero es aburrido y tedioso si el cuerpo de nuestros niños está cansado de estar sentado y no ha recibido una dosis de movimiento adecuada.

 

 

 

Pero, además, como todo ser humano tiene una infancia larguísima en la que necesitamos la protección y el cariño de nuestros cuidadores, todo aprendizaje será placentero y motivador si se acompaña de emociones positivas y de un amor auténtico y genuino.

 

Y será aburrido y tedioso si se acompaña de malos gestos e indiferencia.

¿Aprender a comer?

De todo lo anterior se deduce (o debería) que un niño está genéticamente programado para sobrevivir y que desde su interior aprenderá a alimentarse por sí solo, siempre y cuando su entorno más cercano sea adecuado y ponga a su disposición todo lo que necesita para cubrir sus necesidades.

 

Ese aprendizaje será placentero y armonioso y evolucionará adecuadamente si está formado por alimentos naturales, tales como los que hemos dispuesto a lo largo de nuestra evolución (sobre todo verduras, frutas, tubérculos, carnes, pescados, huevos…), si un niño tiene cubiertas sus otras necesidades (amor, movimiento, descanso…), si un niño se siente protegido y no juzgado, si tiene diferentes personas a las que pueda imitar y comprender, y si se le permite experimentar (tocar, oler, tirar, mezclar, sentir…).

 

Y será un aprendizaje desagradable (y por lo tanto el niño no tendrá interés en seguir aprendiendo llegando a desarrollar sentimientos muy potentes de malestar) cuando suceda todo lo contrario: productos y alimentos para los que nuestro cuerpo no está preparado, falta de movimiento, dejadez, mal descanso, falta de exposición solar, pantallas, si el niño se siente continuamente juzgado por lo que come o no come, si siente la frustración y el enfado de sus padres porque no está comiendo lo que ellos consideran “suficiente” y si nunca se le permite J-U-G-A-R con los alimentos.

 

 

Muchas veces me encuentro con familias angustiadas por el rechazo de su hijo hacia la comida sana, y hay una frase que se repite: “No entiendo por qué no come”.

 

Pero ahora imagina un niño que en el embarazo ha estado sometido a estímulos que han cambiado su expresión genética (comida basura, estrés, tabaco…), que quizás no ha nacido por el canal de parto que correspondía, que no ha tomado lactancia materna, que ha empezado la alimentación complementaria antes de lo que correspondía, que en vez de tomar alimentos naturales a los que estamos perfectamente acostumbrados a nivel evolutivo se ha puesto ciego a biberones con cereales solubles, potitos, y cosas de sabores, que ha sufrido un exceso de estímulos visuales (tv, dispositivos móviles, exceso de dibujos y colores por todas partes), que no tiene exposición solar, que no toca la tierra ni va a la naturaleza, que no juega todo lo que debería, que no es atendido cuando llora, que no se le permite tocar la comida ni aprender a través de la experiencia…

 

 

El motivo por el que hemos llegado a este punto está ahí, pero no queremos verlo. Y en vez de aceptarlo sin juzgarnos ni castigarnos e intentar mejorar lo único que está a nuestro alcance como cuidadores (cambiar el entorno, dejar de imponer nuestro criterio y aceptar a nuestro hijo tal y cómo es), nos centramos en buscar una vía rápida (que, por cierto, nunca funciona a largo plazo): imponernos, castigar, juzgar, culpar.

 

En realidad, el cambio (a nivel práctico) es sencillo y posible para todo el mundo, la dificultad radica en estas 2 cosas:

 

  1. Abrir nuestra mente y cambiar unos patrones de conducta fuertemente arraigados en los adultos.
  2. Mirar hacia nuestro interior y aceptar que el cambio radica en nosotros, y no en nuestro hijo.

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