Un problema de salud pública

Creo que la sociedad en la que vivimos, en la que se están criando nuestros hijos es un problema.

 

Un problema de salud pública.

 

Pero no de la salud medida a través de los marcadores y de las analíticas. A través del diagnóstico de un especialista que todo lo da como bueno a no ser que tengas un asterisco en el papel.

 

Si no un problema de salud medida a través del bienestar.

 

De la tranquilidad, la calma y la aceptación con la que las personas afrontan la vida.

 

En los niños quizás es menos llamativo, porque pienso que tienen una fuerza interna tan grande, una inocencia y una capacidad de seguir adelante suceda lo que suceda, que pasan más desapercibidos.

 

En los adultos empieza a resultarme catastrófico.

 

Esta mañana le decía a mi amiga Rocio: Me angustia ver lo mal que están muchas personas. Siento que vienen a mi para solucionar un problema de alimentación, pero no puedo ayudarles en su problema real. Sobre todo, me angustia ver el tipo del mundo en el que van a crecer mis hijos.

Estar sano es simple

Y me doy cuenta de que estar sano y bien es, en realidad, espectacularmente simple.

 

Pero sin embargo es espectacularmente difícil en el mundo en el que vivimos.

 

Un mundo alejado de toda naturaleza humana en el que sólo vivimos para producir más y más y más. Hacer. No ser. No hay tiempo para sentir ni para tomar medidas. Sólo hacer.

 

Cuando tienes la suerte de leer, escuchar y estudiar a personas que se han ocupado de observar al niño, de averiguar a través de la simple observación sin expectativas cuales son sus necesidades biológicas, te das cuenta de que todo es sencillo.

 

Dale al niño amor, ante todo.

 

Un apego seguro, estate ahí para él.

 

Déjale ser el mismo, no esperes nada, no quieras enseñarle ni transformarlo en la persona que tú deseas.

 

Permítele moverse en libertad. No interfieras excepto para asegurar que el ambiente es seguro.

 

Déjale que juegue todo el tiempo que necesite y quiera. No hagas un espectáculo del juego, no busques sus avances, no interfieras de nuevo.

 

Ahh, para eso debe tener todo lo necesario a su alrededor: materiales simples en los que proyectarse, lo más relacionados con la naturaleza posible.

 

Trae la naturaleza a tu casa y haz de la naturaleza tu casa.

 

Exponlo a los elementos que nos han acompañado a lo largo de nuestra línea evolutiva: viento, sol, lluvia, tierra.

 

Déjale observar cómo se mecen las ramas de un árbol y como trabaja cada insecto.

 

No te excedas en los materiales: Más no es mejor, más es consumismo y puede quedar atrapado en él. Dale lo justo para que pueda crear.

 

Cubre sus necesidades básicas: Déjale descansar, respeta sus ritmos, no interfieras en ellos, permítele sus rutinas…en las rutinas se sentirá seguro.

 

Dale el movimiento que necesita: ¿6 horas sentado en un pupitre? Después nos extrañamos de que el niño sea “inquieto”, “nervioso”.

 

Ofrécele los alimentos que aseguren su desarrollo óptimo: frutas, verduras, carnes, pescado, tubérculos, huevos… ¿te parece imposible en el mundo en el que vivimos? Es difícil, te va a tocar poner límites si quieres cuidar sus necesidades reales.

 

Los límites no son un problema para tu hijo, lo son para nosotros. Ponerlos es incómodo. Los límites hacen daño y luego tenemos que acompañar a nuestros hijos en ese dolor.

 

En realidad, todo lo que he dicho es sencillo. Está al alcance de todos. Lo difícil es darnos cuenta de que el mundo en el que estamos viviendo, en el que nuestros hijos crecen, va por otra línea.

¿Cómo ayudar?

Estas últimas semanas he recibido muchas llamadas de madres pidiendo ayuda. Son fechas difíciles, está cercana la navidad y empezamos a ver que la alimentación de nuestros hijos se nos va de las manos, va a peor.

 

Demasiadas madres llamándome todas con historias parecidas: «Mi hijo no come nada, no consigo que coma bien, pero no tengo tiempo. Trabajo todo el día. ¿Cómo puedes ayudarme?»

 

«Lo siento, no puedo.»

 

«¿Tienes una opción de formación que no me lleve más de 10 min. al día?»

 

«Lo siento, no. Todo lo que hagamos juntas te va a conllevar mucho tiempo. Sobre todo, tiempo de acompañamiento al niño.»

 

Madres que me dicen que por la noche no pueden pegar ojo por la preocupación de que sus hijos no se están alimentando bien.

 

Y yo las entiendo, sé que ese sufrimiento es real, pero no sé cómo expresarles que no tengo un recurso rápido para darles.

 

Muchas madres que buscan una solución para el problema de sus hijos cuando el problema está en ellas mismas: Están nerviosas, estresadas, cuando su hijo no hace lo que les parece correcto se frustran, le reprochan.

 

Le reprochan, aunque no lo digan con palabras. Todo lo dice el cuerpo. No hay palabra más poderosa que tu cuerpo.

 

Llenas de expectativas que no están viendo cumplidas. Y al reprochar el niño responde: responde enfadado, responde llorando, responde sumiso, se esconde detrás de su plato.

 

Y eso nos enfada porque ahora el niño está con una rabieta vete tú a saber por qué y no tengo tiempo de acompañarle porque tengo que trabajar, o tengo que hacer las mil cosas que la vida moderna nos impone.

 

No es el niño.

 

Eres tú.

 

El niño va a estar bien, aunque tú le pongas mil límites y le digas que ya no puede comer de eso y de lo otro. Va a estar bien siempre y cuando tú le puedas acompañar en ese proceso.

 

Siempre y cuando no lo juzgues y estés ahí para él. Necesitas poder dedicarle tiempo a tu hijo.

 

Y para eso necesitas estar bien tú.

 

El proceso de límites, de crianza, de cuidado y de asistencia hacia otros necesita ser revisado constantemente. Necesitas sacar tiempo para poder mirar hacia dentro y ver desde donde ha surgido eso.

 

Es un proceso continuo y en nuestro día a día debemos tener tiempo para ello.

 

El otro día me decía una mamá con la que estoy trabajando: “A veces me confunde. No sé cuando le estoy poniendo un límite en la alimentación y cuando le estoy premiando y castigando”.

 

Es difícil. Para mí, todo depende de la intención con qué lo hagas y es un trabajo de monitorización constante: Antes de poner el límite es importante preguntarte: ¿Cuál es el motivo real por el qué lo hago? ¿En qué le beneficia? ¿De dónde me surge? ¿Con qué actitud lo hago?… A veces es imposible hacerse todas esas preguntas previamente porque nos puede el temperamento o el momento apremia. No pasa nada, está bien, no buscamos la perfección (¿Qué es la perfección?), pero es importante hacérselas después. Esa reflexión tiene que estar ahí.

 

He escuchado a mujeres que me llamaban desesperadas porque su niño lloraba al quedarse en la guardería, dejaba de comer, incluso le daba fiebre cuando estaba allí. “Tania, ha dejado de comer, ¿Qué puedo hacer?, ¿Qué le doy?” No le des nada. El problema no es la comida. El niño no quiere estar en la guardería.

 

Mujeres cuyos hijos llegan tan nerviosos de la calle que sólo los pueden calmar poniéndole la tv y dándole un cola cao antes de cenar. «¿Qué puedo hacer? No quiere cenar nada, ¿Qué le doy?» No le des nada, el problema no es la comida. Hay que trabajar en un problema paralelo.

 

Últimamente he trabajado con una mamá que tiene 3 niños. Estaba súper preocupada, las comidas empezaban a ser un infierno. Se sentía desbordada, muy nerviosa.

 

Hemos revisado todo: alimentación, el juego de los niños, las salidas, actividades fuera de casa, el horario de las siestas… La última vez me decía que estaba muy contenta, había notado muchas mejorías, todo estaba más calmado, ella se sentía más tranquila y confiada.

 

Esa es la clave: Ella se siente más confiada y calmada y por lo tanto está más presente, más paciente y con más energía para atender y asistir a sus hijos. La clave es ella. Sus hijos no están comiendo perfecto. No están cumpliendo sus expectativas. Pero ella siente que está haciendo todo lo que está en sus manos, que los está cuidando desde la calma.

 

Es increíble esta mujer, llena de fuerza y de amor por sus hijos. La admiro muchísimo.

 

Su esfuerzo está mereciendo la pena y ella se da cuenta. En su caso, sentiré que ha llegado al éxito cuando deje de tener expectativas y simplemente vea la vida pasar tal y cómo es, satisfecha de haber dado lo mejor que sabía dar a sus pequeños.

El acompañamiento lo cambia todo

Hoy me viene a la memoria la historia de Helen Keller. Se quedó ciega, sorda y muda a los 19 meses convirtiéndose en una niña aislada y violenta. A los 5 años, desesperados, su familia trajo a una profesora con ceguera parcial para que se ocupara de ella. La profesora pasó meses intentando enseñarle, tratar con Helen, sin ningún resultado. Un día, deletreó la palabra “agua” en la mano de Helen mientras le sumergía la otra mano en agua.

 

Helen lo describe así: “¡agua! Esa palabra me sobrecogió el alma, y despertó, llena de espíritu matinal. Hasta ese día, mi mente había sido una cámara oscura, esperando a que entraran las palabras y alumbraran la lámpara, que es el pensamiento. Aprendí muchas palabras más ese día”. El cambio y el avance de Helen fue imparable desde entonces.

 

Su maestra la acompañó durante 49 años. Me impacta entender cómo a veces sólo necesitamos a una persona que nos aporte luz a nuestra vida. Alguien que esté dispuesta a sostenernos en los momentos difíciles.

 

También me maravilla el hecho de que todo nos llega a través del cuerpo y de la experiencia, de la intercepción y de la conciencia. A los niños más.

 

Pero no hacemos más que buscar palabras: Leer libros, directrices, recursos rápidos…

 

Aprender a escucharse, moverse de tal forma que podamos conectar con el cuerpo, pararse en la respiración, atender a la persona con la que estamos hablando, observar al niño mientras juega, ver que nos dicen sus señales y no sus palabras… La clave está en nuestra conexión con el cuerpo y con la naturaleza.

 

Esta semana hablaba con unos papás que acaban de empezar la alimentación complementaria. Lo están haciendo fenomenal, súper implicados, con mucha ilusión por aprender. El peque ha probado ya muchísimos alimentos y se los come con gusto, pero me comentaban que no cogía nada con las manos, todo se lo tenían que acercar a la boca ellos. Les pregunté si era un niño explorador, si le gustaba toquetear la tierra, jugar con las piedras. Me dijeron que nunca le habían dejado jugar con la tierra, que aún no lo habían podido llevar a la playa y tampoco a jugar a los parques o al campo.

 

Eso me preocupa. Aprendemos a relacionarnos con el mundo a través de los sentidos. Nuestra genética se ha desarrollado en un entorno natural, “sucio”, salvaje. Primero hemos visto, olido, tocado, sentido… Luego hemos saboreado.

 

Pienso que saltarse esos pasos tiene consecuencias. Para mí es fundamental que un niño toque, juegue y experimente con la arena, las piedras, el agua, las hojas, los animales, los alimentos…

 

¿Su hijo no quiere coger la comida por ese motivo? No estoy diciendo eso. La realidad es que no tengo ni idea, no lo sé ni creo que sea posible saberlo. Hay tantísimas cosas que influyen en nuestra conducta…

Quizás sea algo pasajero, cada niño tiene un ritmo y hay que dejarlo evolucionar. Sin embargo, yo probaría a darle la oportunidad de jugar así, de dejarle sentir sin expectativas de que vaya a coger la comida, simplemente porque es lo natural, lo que le corresponde.

 

No juzgo a nadie. Sé perfectamente lo difícil que es hacer las cosas de otra manera en el mundo en el que vivimos. Yo también estoy en ese mundo y cojeo de muchas cosas, aquí todos vamos en el mismo barco.

 

Y, sin embargo, en mi trabajo me resulta muy doloroso no poder ayudar a muchas personas como yo quisiera. Cuando una madre viene y me pregunta “¿Qué le pongo de comer para que deje de pasar x…?” “Dame un par de consejos rápidos” … Y yo sé perfectamente que el problema principal no es la comida, qué tenemos que bajar el ritmo antes y centrarnos en cosas más importantes. Pero no se lo puedo decir porque no quiere escuchar eso.

 

Entiendo perfectamente lo difícil que es dar un paso al frente y decir: “Basta, hasta aquí hemos llegado.” Salir de la rueda de hámster en la que vivimos, romper las normas y empezar a llevar una vida más lenta. Un acompañamiento a nuestros hijos sin prisas ya sea en la alimentación o en cualquier otro aspecto.

 

Entiendo que no es nuestra culpa vivir y tener que adaptarnos de alguna manera a este mundo. No es culpa de las madres y padres. Sin embargo, somos los únicos que podemos cambiar esa situación.

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